PEKÍN.- Mucho después de que las preocupaciones por un endurecimiento de la política monetaria norteamericana hayan desaparecido, los gobiernos del mundo estarán aún inquietos por un asunto más de fondo todavía: cómo lidiar con la segunda fase de la revolución económica de China.

 

 

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La primera etapa, la industrialización, sacudió al mundo. Fue el boom de los países productores de materias primas, que alimentaron el insaciable apetito chino de recursos naturales: seis de las diez economías de crecimiento más rápido durante la última década son países de África.

 

El diluvio de manufacturas de precio accesible y origen chino se comió muchos puestos de trabajo tanto en los países avanzados como en los emergentes, pero también ayudó a reducir la inflación y a acercarles, por primera vez, a millones de personas una amplia variedad de bienes de consumo.

 

La segunda fase del desarrollo de China promete ser no menos trascendental. El consumo le arrebatará la batuta del crecimiento a la inversión. Aumentará la porción del sector servicios en la economía, y decrecerá la participación de la industria. La elaboración intensiva y en masa a base de materias primas y mano de obra barata dejará paso a formas de producción ecológica y sustentable.

 

Cada vez serán más los trabajadores calificados en nuevas tecnologías que decidirán quedarse en China en vez de empresas multinacionales. O al menos ése es el plan.

 

China seguirá siendo el motor más poderoso del crecimiento global durante las próximas dos décadas, pero ya no se dedicará sólo a procesar materia prima y componentes importados para luego exportarlos, dijo Li Jian, de la Academia China de Comercio Internacional y Cooperación Económica, un grupo de expertos del Ministerio de Comercio.

 

"China se ha dado cuenta de que no puede confiar ciegamente en la inversión y las exportaciones como únicos impulsores del crecimiento. Así que la demanda china será más equilibrada", dijo Li.

 

Para demostrar que lo del crecimiento sustentable va en serio, China pisó deliberadamente el freno del crecimiento, con la consecuente conmoción en los mercados, para volcarse a sus prioridades estructurales a largo plazo, según el presidente Xi Jinping.

 

Se cree que Xi y el resto de los nuevos líderes del Partido Comunista Chino aprobarán un borrador de la reforma durante el plenario del partido, previsto para noviembre. Para hacerlo, tendrán que atravesar una dura prueba a su credibilidad: enfrentar al establishment económico.

 

Es mucho lo que está en juego para la economía mundial con esos cambios. Philip Schellekens, un economista del Banco Mundial, dijo que la importancia de las reformas que se propone introducir Pekín es enorme. Cuando China cambie, cambiará el resto del mundo. "Las transformaciones estructurales que creemos que van a producirse en China durante las próximas dos décadas serán mucho más relevantes que las dificultades a corto plazo", dijo Schellekens.

 

En comparación, las economías en desarrollo exportadoras de materias primas relacionadas a las inversiones y manufacturas (metales, por ejemplo) se verán más afectadas que las naciones más ricas.

 

Brasil es el claro ejemplo de un país que sufrió la intensa presión de China en el sector de las industrias básicas, como el calzado, y que cada vez más competirá cabeza a cabeza con China, también en el mercado de productos con alto valor agregado. Las políticas de fomento de la competitividad se han vuelto, entonces, más imperativas que nunca.

 

Tras haber perdido en gran medida la oportunidad de reformarse durante el boom -como sucedió con otras naciones emergentes- Brasil corre el riesgo de desaprovechar la oportunidad que le regala la transición china, a menos que mejore su infraestructura, simplifique su burocracia y reforme a fondo su sistema tributario, dicen los economistas.

 

"Algunas de las falencias estructurales de fondo de la economía de Brasil fueron ocultadas durante la bonanza. Recién cuando el boom de las materias primas se desaceleró, se hicieron visibles las fallas por el lado de los insumos", dijo Jens Arnold, quien hace el seguimiento de Brasil para la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos de París.

Fuente: La Nación.com

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