Con la economía de EE.UU. pugnando por recuperar el pleno empleo, con la economía europea planchada tras la crisis de deuda soberana y con la perspectiva más vulnerable de muchos países emergentes, la atención macroeconómica global se dirige cada vez más hacia China. ¿Se desacelerá la economía China? Y, si eso ocurre, ¿generará una crisis financiera grave?

 

 

 

Algunos sugieren que China estaría enfrentando un momento Lehman (o un momento Grecia o momento España). Ninguna de esas comparaciones suena bien, y algunas aterran.

 

Pero también parecen exageradas.

 

En China hay un tema serio. A partir de 2009, para compensar los efectos de la crisis financiera mundial, el gobierno propició un enorme boom crediticio. El crédito se usó en gran medida para financiar construcción e infraestructura, lo cual ayudó a China a crecer 45% entre fines de 2008 y 2013 (datos de la oficina de estadísticas oficial). En el mismo período, según el FMI, el crédito pendiente del sector financiero (de todo tipo) subió de 125% del PBI a casi 200% al fin del primer trimestre de 2013. Eso significa un aumento de US$ 13 billones del crédito bancario, bonos y diversos financiamientos no bancarios. El grueso, más de dos tercios del total, fue financiamiento no bancario (que significa que el crédito fluyó a través de una entidad financiera que no es un banco regulado).

 

Cuando los booms crediticios acaban, hay algún tipo de estallido. La crisis de Lehman en septiembre de 2008 fue uno de los peores estallidos que pueden ocurrir: la quiebra hizo temer que muchos más bancos y empresas quebraran y hubo una corrida desde los fondos de los mercados de dinero, bancos de inversión y depósitos bancarios hacia los bonos del Tesoro.

 

Las empresas no pudieron renegociar sus créditos ni sus otras fuentes de financiamiento como papeles comerciales. En consecuencia hubo una rápida contracción de la economía, y despidos. Si no hubiera sido por las enormes intervenciones de la Fed, el sistema bancario podría haberse hundido por falta de liquidez.

 

China no va a experimentar una crisis de esa naturaleza, al menos no ahora. El problema más serio en China es que la banca “gris”, especialmente diversos tipos de bonos, creció mucho con insuficiente supervisión. En su mayor parte, esto se debió al intento de eludir los límites a las tasas de interés que regían para los depósitos bancarios. Los ahorristas sacaron sus fondos de los bancos para comprar esos instrumentos. Ahora, como pasó con los créditos subprime en EE.UU., algunos de esos tomadores de deuda de alto riesgo no están pagando.

 

Los ahorristas van a perder algún dinero en esas inversiones, con lo cual estarán volviendo a los bancos, no saliendo de ellos.

 

La actual batalla es sobre quién cargará con las pérdidas. Durante la crisis financiera de China de fines de los 90, las pérdidas estaban en los balances de los bancos, y el gobierno se hizo cargo de recapitalizarlos. Hasta hace poco, se creía que el gobierno rescataría esta vez tanto a bancos como a no bancos, en parte porque los bancos regulados también vendieron algunos productos financieros dudosos.

 

Pero ahora el gobierno chino está dejando en claro que los instrumentos financieros no bancarios no serán rescatados, mientras que los grandes bancos siguen siendo obviamente sostenidos por el Estado. Como pasó en EE.UU. y Europa, los grandes bancos chinos van a sobrevivir, pero el sector bancario gris se va a contraer.

 

Así que en vez de enfrentarse con una crisis Lehman, el sistema financiero chino se enfrenta con un desinfle crediticio más estándar, porque se secan los mercados no bancarios y por algunas pérdidas en los préstamos bancarios. Las eventuales soluciones a esa clase de problemas son conocidas.

 

Dicho en otras palabras, la estrategia china para hacer frente a los problemas de los bancos será muy similar a la que acabamos de ver en Europa y en EE.UU.: hagamos que los bancos lentamente reconozcan sus pérdidas, y apoyémoslos con todo el crédito del banco central que haga falta.

 

Si bien nadie sabe qué tan grandes son esos bancos, China afortunadamente tiene un margen sustancial para absorber pérdidas. Por ejemplo, el Industrial and Commercial Bank of China, uno de los mayores, registró US$59.000 millones de ganancia operativa (antes de las provisiones para pérdidas) en los últimos 12 meses reportados, según datos de Bloomberg. Puede usar ese beneficio para compensar pérdidas sobre su cartera de préstamos bancarios de US$1,5 billones (por encima de los US$38.000 millones que ya provisionó).

 

Aún si el 10% de los préstamos llegara a fallar, recuperando el 50% de esos préstamos las pérdidas de capital podrían compensarse con sólo dos años de ganancias. La emisión de acciones (ya descontada en los mercados) podría darle más capital si lo necesitara. Esta alta rentabilidad de los bancos chinos los hace mucho más resilientes que los de Europa y EE.UU.

 

El otro amortiguador de China es una tasa de ahorro nacional muy alta, de casi la mitad del PBI. Ese ahorro garantiza que los depósitos bancarios van a seguir creciendo. La fuerza de trabajo todavía crece, y la inversión en capitales y equipos va a seguir alta. Todos esos factores alimentan el crecimiento.

 

Con todo, no nos malinterpreten: una desaceleración del crecimiento del crédito en China parece i nevitable, y el crecimiento verdadero del PBI bien podría irse por años a mucho menos del target del 7,5% de las autoridades chinas.

 

Si China evita una crisis Lehman pero enfrenta una desaceleración severa ¿Cuán preocupados deberían estar EE.UU. y Europa por su propio crecimiento económico? La respuesta es: no demasiado. China sigue siendo una fracción pequeña de la economía mundial. El PBI mundial calculado por el FMI era de US$73,5 billones a fin del 2013, y el de China rondaba los $9 billones, o 12% del total.

 

Fuente: Clarin.com 03-2014