En las últimas semanas me he encontrado varias veces conversando con liberales que niegan con la cabeza entristecidos y manifiestan su desilusión con el presidente Barack Obama. ¿Por qué? Sospecho que les está influyendo, a menudo sin que se den cuenta, la retórica que domina los medios de comunicación.

La última “lista de los ricos” de Institutional Investor, una recopilación de los 25 gestores de fondos de cobertura mejor pagados, se ha publicado en la revista Alpha; y resulta que estos tipos ganan un montón de dinero. ¡Sorpresa!

Los frikis de la economía aguardamos con impaciencia cada nueva edición del informe Perspectivas de la economía mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI). Las previsiones son lo de menos; lo que estamos esperando son los capítulos analíticos, que son siempre interesantes e incluso estimulantes. El último informe no es una excepción. Sobre todo el capítulo 3; aunque se anuncia como un análisis de las tendencias de los tipos de interés reales (ajustados según la inflación), de hecho constituye un argumento convincente para elevar los objetivos de inflación por encima del 2%, que actualmente es la norma en los países avanzados.

Los  riesgos económicos, financieros y geopolíticos del mundo están cambiando y algunos presentan una menor probabilidad, aunque no hayan desaparecido del todo. Otros se vuelven más probables e importantes. Hace uno o dos años, seis riesgos principales estaban en el centro del escenario:

 

No parece arriesgado afirmar que Capital in the Twenty-First Century [El capital en el siglo XXI], la obra magna del economista francés Thomas Piketty, será el libro de economía más importante del año (y tal vez de la década). Piketty, posiblemente el mayor experto mundial en desigualdad de rentas y patrimonio, hace algo más que documentar la creciente concentración de la riqueza en manos de una pequeña élite económica. También defiende de forma convincente el argumento de que estamos volviendo al “capitalismo patrimonial”, en el que las altas esferas de la economía están dominadas no solo por los ricos, sino también por los herederos de esa riqueza, de modo que el nacimiento tiene más importancia que el esfuerzo y el talento.

 

Ahora mismo no parece haber ninguna crisis económica importante y, en muchos sitios, los responsables políticos están dándose palmaditas en la espalda. En Europa, por ejemplo, alardean de la recuperación de España: el país parece en condiciones de crecer este año al menos al doble de velocidad de lo que se había previsto. Por desgracia, eso se traduce en un crecimiento del 1%, en vez del 0,5 %, en una economía profundamente deprimida, con un 55 % de paro juvenil. El hecho de que esto pueda considerarse una buena noticia pone de manifiesto lo mucho que nos hemos acostumbrado a unas condiciones económicas terribles. Nos va peor de lo que cualquiera habría imaginado hace unos años, pero la gente parece cada vez más dispuesta a aceptar esta miserable situación como la nueva norma.

Todo el mundo sabe que el programa económico nacional del Gobierno de Obama está estancado por culpa de la oposición destructiva de los republicanos. Y eso es malo: a la economía estadounidense le iría mucho mejor si algunas propuestas del Gobierno de Obama, como el proyecto de la Ley de Empleo de Estados Unidos, se hubiesen convertido en ley.

El miércoles, Douglas Elmendorf, director de la imparcial Oficina Presupuestaria del Congreso, decía lo evidente: quedarse sin trabajo y optar por trabajar menos no son lo mismo. Si uno se queda en paro, pasa por una situación personal y económica terriblemente difícil. Si, en cambio, decide trabajar menos y pasar más tiempo con la familia, “no le compadecemos. Le felicitamos”.

Han transcurrido 50 años desde que Lyndon Johnson declaró la guerra a la pobreza. Y ha sucedido algo curioso mientras se acercaba este aniversario. De repente, o eso parece, los progresistas han dejado de pedir disculpas por sus esfuerzos en defensa de los pobres y, en vez de eso, han empezado a proclamarlos a los cuatro vientos. Y los conservadores se han puesto a la defensiva.

 

 

Si, cuando faltan dos días para que termine, a 2013 se lo empieza a recordar como un año intenso, es probable que 2014 deje el mismo sabor. La acumulación de tensiones políticas de los últimos meses -los resultados electorales desfavorables para el kirchnerismo, los cambios de gabinete sin demasiado impacto de fondo, la crisis energética indisimulable en estos días-, sumada a la inflación y la conflictividad sindical, abre un escenario de interrogantes para el año que viene: después de su omnipresencia, trocada ahora en ausentismo,

 

Esta es una historia de tres minas de dinero. También es una historia de retroceso monetario, de la extraña resolución de mucha gente en dar marcha atrás a varios siglos de progreso.