El último libro de Paul Krugman, premio Nobel de Economía, “¡Acabemos ya con esta crisis!“, se ocupa en el estilo coloquial y ameno de su autor de la crisis de la economía capitalista mundial desatada en el 2008, de su presente y de las alternativas posibles de solucionarla. Su exposición se centra primero en los EEUU, epicentro original de la crisis, para ocuparse luego de la zona euro y proponer finalmente bajo el título de “Lo que hará falta” un conjunto de medidas de política económica para resolver la actual crisis internacional, “La Gran Recesión”, como ya comienza a ser llamada.

 

 

 

Mi propósito es exponer las ideas centrales de Krugman y someterlas a crítica. Como estrategia expositiva dividí el tema en dos. Me ocuparé primero de su análisis de la situación de los EEUU, el que se emparenta inevitable y jugosamente con el proceso electoral en curso, y luego, en una segunda nota, lo haré de su visión de la Unión Europea.

 

El libro constituye sin lugar a dudas la más keynesiana de las obras de Krugman, un autor prolífico. “Por cierto, y por si el lector se lo pregunta: personalmente, me veo a mi mismo como alguien próximo al neokeynesianismo” afirma. Su interés en Keynes, se debe a que “ahora, igual que antes, vivimos eclipsados por una catástrofe económica…” y el juicio de Keynes podría, en lo esencial, describir la realidad de hoy. De ahí las abundantes citas, los comentarios, las alusiones. Además en un ambiente intelectual como el norteamericano, donde la profesión económica ha sido colonizada desde hace décadas por los “puristas del laissez-faire”: ”en el discurso académico habían desaparecido casi por entero los análisis de la irracionalidad de las inversiones, de las burbujas, de la especulación destructiva. El campo estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente” (Krugman, pág. 109) o aún más por los sostenedores de “los mercados financieros valoran los activos en su valor intrínseco exacto” (idem pág. 109)

 

Krugman se formó en la teoría económica neoclásica, en un mundo académico en el que Keynes había sido propalado y difundido por Paul Samuelson, en lo que se dio luego en llamar la síntesis neoclásica-keynesiana. A mi gusto, un licuado de banana (keynesiana) con leche (neoclásica). Poca banana y mucha leche, digamos. En ese ambiente intelectual de las Universidades de los EEUU dedicadas a la enseñanza de la economía algo debe haber generado la simpatía del Krugman estudiante por Keynes, es probable que tenga que ver con algo que él mismo afirma en su libro ”los conservadores políticos – especialmente, los más dedicados a defender a los ricos – se opusieron con ferocidad a las ideas keynesianas”.

 

Los conservadores políticos, la derecha republicana, “los vigilantes de los bonos”, los sostenedores de hipótesis alarmantes sobre la tasa de inflación, los obsesionados con el déficit fiscal, los cruzados del mercado eficiente, constituyen el blanco de Krugman en los EEUU. Sus contendientes se han corrido tan a la derecha del espectro político y económico, que Krugman, que se autodefine como “liberal” parecía, por contraste, ser un radical anti sistema, lo que ciertamente no es.

 

Su ataque es a lo que denomina la “edad obscura de la macroeconomía”, situada en los últimos treinta años, en donde la teoría ortodoxa fue incluso más allá de la visión neoclásica que suponía que los mercados librados a su propia dinámica solo pueden entrar en crisis por razones externas a su funcionamiento, para afirmar que gracias a los nuevos instrumentos financieros, todo precio era predecible, toda hecho económico lógico y las crisis definitivamente erradicadas de la realidad económica. Posición “necia y destructiva”, que Krugman simboliza en otro célebre Premio Nobel de Economía, Robert Lucas.

 

Krugman sostiene que los economistas tenemos los elementos que nos permiten explicar las depresiones económicas (gracias a Keynes, a Hicks, a Fisher, entre otros) y otorgarle a esta situación de crisis respuestas técnicas que vuelvan a la economía a su vitalidad, en oposición a los conservadores y sus prejuicios ideológica y políticamente convenientes. Krugman comparte con sus antagonistas que la crisis no es inevitable, no es parte del funcionamiento del sistema capitalista, intrínseco a éste, como podría sostenerse en los textos de Keynes que Krugman no cita, en toda una tradición post-keynesiana. Sin hablar de la tradición marxista, erradicada de toda consideración por nuestro simpático Premio Nobel. Este aspecto lo profundizaré en la segunda parte de este artículo, pero vamos despejando los campos, hay un terreno de disputa político y económico, los EEUU, y esta obra se sitúa en ese contexto.

 

Al estallar la crisis financiera en el 2008 el pensamiento convencional y ortodoxo se halló huérfano de explicaciones. Como comentamos, simplemente los economistas y los decisores políticos habían abandonado la idea de que una crisis económica de magnitud fuera realmente posible. Desatada ésta, la caída de la actividad económica, el desempleo, las deudas hipotecarias, el colapso financiero y su balbuceante salvataje (Lehman Brothers), la caída de los ingresos produjeron el fin del ciclo republicano y el triunfo de un personaje totalmente novedoso en la política de los EEUU, que prometía políticas expansivas y de creación de empleo, el afroamericano Barack Obama.

 

“Anatomía de una respuesta inadecuada”, es el título del capítulo del libro de Krugman en que se analiza lo central de la política económica bajo Obama. Existía en 2009 la necesidad de dotar de liquidez a los Bancos, fuertemente comprometidos, con carteras llenas de activos tóxicos, (hipotecas incobrables, títulos desvalorizados), para evitar una situación de hundimiento de las finanzas como en 1930. Esta política se llevó a cabo con fuertes intervenciones de la Reserva Federal, comprando carteras de títulos en problemas y expandiendo la liquidez de la economía hasta donde parecía necesario hacerlo, con tasas de interés cercanas a cero. Se implementó además un proyecto de creación de empleo, la Ley de Reconstrucción y Recuperación, se invirtió cerca de un 5 % del PBI americano en políticas anticrisis. Se anunciaron políticas activas para atender el problema del endeudamiento hipotecario, pero no se llevaron adelante.

 

La inyección de liquidez al sistema financiero no logró que el circuito del crédito se estimulase en los EEUU, la economía siguió una marcha de crecimiento débil, el desempleo siguió alto en términos históricos y se resistió a caer, los ingresos de los norteamericanos no mejoraron, la situación de los deudores hipotecarios siguió sin solución. Para Krugman el estímulo otorgado, correcto, fue muy insuficiente, es decir, se hubiera necesitado un estímulo de, digamos, el doble para producir los efectos deseados. La administración demócrata actuó con timidez y falta de convicción. Tal vez Obama pensó, atrapado en sus propios límites, que no se podía hacer más y sucumbió a las argumentaciones de sus adversarios de derecha: “Demasiado déficit, alta emisión monetaria, la inflación esta oculta y se desatará, el dólar está demasiado débil como consecuencia de la emisión y las tasas cero, no se puede subsidiar a los deudores hipotecarios, que son responsables de haberse endeudado por fuera de sus posibilidades”. En síntesis la crisis de producción y empleo continúa en los EEUU. Al decir de Krugman “los que estaban en lo cierto les faltó mucha convicción, mientras que los que estaban equivocados actuaron con una apasionada intensidad”.

 

El keynesianismo de Krugman no tuvo en Obama ni en los demócratas gobernantes una acogida plena. Muy lejos de Roosevelt.

 

Es cierto que ante los tibios demócratas y la pasión militante de la derecha republicana Paul Krugman parece un radical de izquierda. Bueno, el Tea Party no tiene nada a su derecha. Resta preguntarse entonces ¿esa tibieza demócrata será sólo la anatomía de una respuesta inadecuada que menta Krugman, o la Crónica de una Muerte Anunciada?

 

Más allá de la crítica que Tonelli hace en esta nota a cierta ceguera que denuncia en Krugman y los neokeynesianos frente a la inevitabilidad de las crisis y otras limitaciones del “capitalismo guiado por un gobierno con funcionarios neokeynesianos”, más allá de ese punto, digo, creo que debemos encarar el problema de la insatisfacción con el desempeño del intervencionismo tradicional de la posguerra que llevó a la “revolución conservadora” de Reagan y Thatcher. Que en Argentina tuvo la cara de Menem.

 

La explicación a la que se aferra la progresía “gente malísima engañando a muchísimos tontos” no es satisfactoria. Por supuesto, siempre existe gente malísima, y seguramente hay muchísimos tontos. El problema es por qué en determinados momentos históricos esa triste realidad se expresa de determinada forma.

Fuente: El blog de Abel 06-09-12

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